Maléfica: dueña del mal

3.00

Angelina Jolie regresa al papel que le queda como anillo al dedo

por ANDRÉ DIDYME-DÔME | 17 Oct de 2019

Joachim Rønning / Angelina Jolie, Elle Fanning, Michelle Pfeiffer, Harris Dickinson, Chiwetel Ejiofor, Ed Skrein, Sam Riley, Imelda Staunton, Juno Temple, Robert Lindsay, Warwick Davis

La villana deconstruida de La bella durmiente regresa en una secuela con más acción y menos momentos tiernos. Cortesía Cinecolor


El noruego Joachim Rønning, autor de la emocionante Kon Tiki y de esa divertida pero subvalorada quinta entrega de Piratas del Caribe, se separa de su habitual colaborador, Espen Sandberg, para asumir la secuela de Maléfica, la exitosa cinta de los estudios Disney, que convierte a la villana de la cinta animada de 1959 La bella durmiente, en una carismática anti heroína.

La enorme popularidad de la película de 2014 dirigida por Robert Stromberg, se debió en gran parte a Angelina Jolie quien, con sus cuernos satánicos, sus pómulos marcados, su mirada penetrante y su actitud de dominatriz, logró convertir a un personaje odiado y temido, en un personaje querido y temido.

Otra razón del gran atractivo de Maléfica es que pertenece al selecto grupo de adaptaciones en acción real de los clásicos animados de Disney, que no se limita con volver a contar una historia bien conocida al pie de la letra (La bella y la bestia, El rey león) sino que intenta ir más allá, al proponer nuevas aproximaciones a los relatos arquetípicos, como debe ser (El libro de la selva, Mi amigo el dragón).

La secuela en cuestión, titulada Maléfica: dueña del mal, parte de donde quedó su predecesora. La princesa Aurora (Elle Fanning) es la gobernante del pantano, lugar donde habitan hadas, duendes y otros seres fantásticos (que bien parecen extraídos de La historia sin fin) y está comprometida con el Príncipe Felipe (Harris Dickinson), quien dista de ser la figura valiente y segura de sí misma de la cinta animada y, más bien, parece algo torpe, ingenuo y pusilánime. Por esa razón, se entiende por qué Maléfica (quien, como se descubrió en la primera parte, es prácticamente la madre de Aurora), en realidad nunca ha visto con buenos ojos ese romance.

De todas maneras, Aurora está enamorada de su príncipe y se quiere casar. Y este acude al castillo de sus padres (los gobernantes de Ulstead, un poblado habitado por humanos y que mantiene una larga rivalidad con los seres del pantano) para pedirles su bendición. El rey John (Robert Lindsay) es un hombre que quiere que su hijo sea feliz y que Ulstead y el pantano se unan en paz. Pero en cambio, la reina Ingrith (Michelle Pfeiffer) es en realidad una mujer malvada que quiere acabar con todos esos seres diferentes a ella por miedo a que contaminen su reino. Sí señores, la secuela de Maléfica es en realidad una fábula acerca de la xenofobia, la homofobia, el racismo y la intolerancia. Un cuento de hadas más que apropiado para la era Trump.

La siniestra reina Ingrith ha urdido un plan: le pide a su hijo que invite a Aurora a su castillo en compañía de su madre sustituta, con el propósito de provocar su ira y evidenciar así que ella es toda una amenaza para los humanos. Detrás de todo esto, también hay toda una elaborada estrategia que implica construir armas de hierro (metal al que Maléfica es vulnerable) y desarrollar una toxina a base de la flor Tune-Bloom, la cual nace de las tumbas de las hadas muertas y que es extraída por Lickspittle (Warwick Davis), un sirviente de la reina.

Lo que en un principio era la actualización del cuento de La bella durmiente, ahora parece un episodio sacado de la serie Juego de tronos. Maléfica es herida y dada por muerta, pero en realidad es rescatada por un grupo de seres iguales a ella, los cuales se ocultan debido al odio que los humanos les tienen. En el interior del grupo encontraremos a dos líderes: Borra (Ed Skrein), quien solo quiere ir a la guerra con los humanos, y Conall (Chiwetel Ejiofor), quien busca una solución pacífica a la rivalidad. Puede ser que Maléfica, quien crió a una humana y que posee los poderes del ave fénix, sea la solución.

El tercer acto es una mezcla entre las escenas de batalla por la liberación de Mongo de Flash Gordon, las de la trilogía de El señor de los anillos por la liberación de la Tierra Media, y la lucha por el territorio de los Navi en Avatar. Todo esto combinado con las peripecias de Pinto, una simpática criatura que parece el producto de la unión entre un Gremlin, un Minion y un puerco espín (llevado a la vida con la captura de movimiento de la actriz Emma Maclennan). Al final, todo se resuelve de una manera típica: derroche de efectos especiales, un héroe que parece ser derrotado pero que resurge de las cenizas, una villana recibiendo su merecido castigo, matrimonio, etc.

Pfeiffer intenta hacer algo con su papel de villana, pero no se parece en nada a la gran maldad proyectada con su hechicera de la película Stardust. Y lo mismo pasa con la Aurora encarnada por Fanning y por la misma Maléfica. El problema es que los personajes no poseen la profundidad psicológica y emocional que hace que las películas de Marvel sean tan impactantes. Disney debería aprender de sí mismo.

Maléfica: dueña del mal pese a sus nobles intenciones, sus tiernas criaturitas hechas con captura de movimiento, su atractivo visual y sus emocionantes escenas de acción, termina siendo una película divertida pero vacía. Un producto que desaparecerá rápidamente de la consciencia de sus espectadores, como un hada bajo los efectos del polvo extraído de la Tune-Bloom. ¡Puf!


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