Milagro

2.50

La directora lituana Egle Vertelyte intenta conformar una fábula sobre los desastres del capitalismo, tratando de emular el trabajo del finlandés Aki Kaurismaki, pero carece de sentido del humor y de perspicacia

por ANDRÉ DIDYME-DÔME | 02 Aug de 2019

Egle Vertelyte / Egle Mikulionyte, Vyto Ruginis, Andrius Bialobzeskis

Una excéntrica película originaria de Lituania, acerca de una criadora de cerdos melancólica y un hombre jovial que pretende ser el salvador, tanto de ella y como de su pueblo.


Milagro, la segunda película de la directora lituana Egle Vertelyte (luego del documental Ub Lama), es un trabajo que se inspira en el trabajo del director finlandés Aki Kaurismaki, y que cuenta las desventuras de una criadora de cerdos (Egle Mikulionyte).

Irena, la protagonista en cuestión, vive en 1992 y maneja una empresa decadente, la cual es prácticamente un rezago del pasado, cuando el país vivía bajo el régimen comunista. Igual de decadente es el matrimonio de Irena con Juozas (Andrius Bialobzeskis), un borrachín que poco o nada ayuda a su esposa con el criadero.

El escenario desesperanzador parece mejorar cuando llega Bernardas (Vyto Ruginis), un norteamericano de ascendencia lituana y personalidad jovial y extrovertida, quien aparentemente quiere invertir en la granja de cerdos, la cual, según él, está ubicada en el mismo lugar donde vivieron sus padres antes de que estallara la guerra. Sin embargo, las intenciones de Bernardas son otras y, para llevarlas a cabo, convence a un pueblo conformado por ingenuos (incluida Irena) de que él es su salvador.

Esta cinta de encuadre pequeño y llena de personajes excéntricos pretende ser una fábula sobre los excesos de un capitalismo que termina destruyendo los sueños, más que convertirlos en realidad. Sin embargo, su estructura narrativa es confusa (la película comienza y termina con una profecía bíblica, la cual no logra incorporarse del todo, ni a la historia como tampoco a las metáforas que busca conformar). Asimismo, los momentos cómicos no lo son tanto, y los momentos dramáticos carecen de impacto emocional.

Milagro es una película que no se decide si seguir el rumbo de una sátira social influenciada por el realismo mágico; si convertirse en un drama realista acerca de los sueños rotos que hacen parte de la triste realidad; o si denunciar la difícil transición que vivieron muchos países que tuvieron que pasar de la promesa utópica del comunismo al egoísmo y la codicia producto del capitalismo.

El resultado es un trabajo tibio que le entrega al espectador una serie de propuestas interesantes, las cuales nunca llegan a desarrollarse.


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