Milla 22: el escape

1.50

La película de acción de Mark Wahlberg tiene una historia incoherente, caótica y poco creíble.

por DAVID FEAR | 30 Aug de 2018

Peter Berg / Mark Wahlberg, Lauren Cohan

El director Peter Berg convoca a Mark Wahlberg en una película (grabada en Colombia) que, a pesar de sus buenas ideas, fracasó.


John Silva (Mark Wahlberg) es intenso. ¿Qué tan intenso? Este agente de la CIA es el tipo de hombre que arma los “rompecabezas más difíciles del mundo” para relajarse. Todas sus miradas son iguales y si te sonríe, estás jodido. Su posición favorita es detrás de la mira de un rifle de largo alcance o a tan solo a unos milímetros de tu cara. Al comienzo de Milla 22: el escape, la cuarta colaboración entre Wahlberg y el director Peter Berg, nos cuentan que Silva era un huérfano inteligente y violento, el recluta perfecto para el equipo de operaciones especiales del gobierno.

Pero aunque es hábil con sus puños y las pistolas, sus verdaderas armas son sus palabras. Te hablará hasta la muerte. De hecho, hablar no es un verbo que se ajuste muy bien. Silva despotrica y maldice. Escupe palabras a una velocidad inconcebible. Cansará a tu oído con diversos temas, desde los discursos de Abraham Lincoln hasta los ganadores del Premio Nobel. Incluso te preocuparás de que se desmaye de tanto hablar sin respirar.

Cuando un policía (Iko Uwais de La redada) llega a la embajada de Malasia, donde Silva y su equipo se están quedando, y les muestra un disco duro encriptado, nuestro héroe quiere que el soplón revele lo que sabe. Todavía no, insiste el policía. Lo deben llevar a Estados Unidos para que hable. El problema es que lo deben transportar escoltado porque el gobierno contrató unos maleantes en motocicleta para que se aseguraran de que no saliera vivo del país.

Suena fantástico, ¿no? Junta a los tipos que hicieron El sobreviviente con un luchador y coreógrafo indonesio, añade papeles secundarios con grandes actores como Ronda Rousev y Lauren Cohan de The Walking Dead, dale una excusa a John Malkovich para gritar mucho y luego arrójalo en una historia clásica de espionaje. De hecho, Milla 22 funciona bien cuando se enfoca en la planeación de la operación especial. La primera escena en una residencia de espionaje rusa, con un equipo llamado “Overwatch”, que localiza a los agentes y algunas trampas es buena. Termina, como debe ser, con una explosión. Es emocionante. Tú crees que así será el resto de la película, pero no.

En cambio, lo que nos muestran en los próximos 90 minutos es una historia desordenada y complicada que Wahlberg no sabe cómo solucionar. Pareciera como si la guionista Lea Carpenter y el actor pensaran que los diálogos por radio y los numerosos tics del personaje lo vuelven más convincente que fastidioso. Tampoco entenderás las decisiones que se toman detrás de cámaras. ¿De verdad Berg cree que, simplemente desatando un caos en pantalla, lo puede lograr sin que haya coherencia? ¿De verdad cree que con tan solo hacer temblar la cámara y grabar planos de menos de dos segundos podrá llamar más la atención? ¿Para qué contratar a un luchador de MMA y no darle ni una sola escena de pelea?

La especialidad de Berg como director siempre ha sido su buen ojo. Hay pocos cineastas que pueden capturar lo que él captura, pero en esta cinta no lo logra. Milla 22: el escape te puede dar escenas de persecución, tiroteos y rusos maquiavélicos. Te puede dar algo parecido a la acción. Lo que no te puede dar es una película de acción. Ese es su verdadero problema.


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