Pájaros de verano

4.00

La historia de la guerra del narcotráfico en una comunidad wayú es atrevida y brillante; una reinvención regional del cine de gánsteres

por DAVID FEAR | 14 Feb de 2019

Ciro Guerra y Cristina Gallego / Carmiña Martínez, Natalia Reyes, José acosta, John Narváez, José Vicente Cotes, Juan Bautista, Greider Meza

José Acosta y Natalia Reyes en Pájaros de Verano. Emanuel Rojas


Es tentador pensar que lo hemos visto todo cuando se trata del cine de gánsteres: tipos rudos y armados, capos y asesinos de Costa Nostra, Yakuza tatuados hasta el cuello, matones de la Tríada china, etc. El propósito de la hermosa y magnífica Pájaros de verano de Cristina Gallego y Ciro Guerra no es reinventar la narrativa de los capos de las drogas, ni superar a Tony Montana. Lo que aporta al género, con su cuento folclórico de narcotráfico dentro de la comunidad wayú al norte de Colombia, es algo más que exótico. Por una parte, es un estudio antropológico y por otra es un poema épico sobre el ascenso y la caída. Este giro regional sobre las sagas de “negocios familiares” te hace reconsiderar las nociones detrás del porqué vemos películas de crimen más allá de las emociones fuertes. Es un cuento con moraleja que advierte que “el capitalismo es un virus”. Es la clase de películas que te recuerdan por qué la historia se repite una y otra vez tan pronto la naturaleza humana aparece.

Conocemos a Zaida (Natalia Reyes) y a Rafayet (José Acosta) durante un ritual conocido como el baile Yonna, que involucra túnicas rojas, una coreografía que imita el vuelo de los pájaros y una necesidad de continuar o rendirse. Para ella es el momento en que se convierte en mujer, para él, es el primer paso del cortejo. Pero gracias a que es la hija de una familia importante entre las tribus, y él solo tiene a su tío (el “mensajero de la palabra”, un cargo importante en la comunidad), Rafa tiene que demostrar que puede ser un proveedor. Durante un viaje transportando café con su amigo Moises (Jhon Narváez) se encuentran con algunos voluntarios del Cuerpo de Paz, quienes están en busca de yerba. Su amigo ve un montón de gringos hippies y hedonistas. Rafayet ve un floreciente mercado sin explotar. Hacen un trato. Luego los estadounidenses lo presentan a un importador/exportador y lo vemos con una esposa, una familia, un proveedor habitual gracias a su maquiavélico primo (Juan Batista Martinez) y un imperio. Pero también tiene traiciones, asesinatos, tratos con personas poco confiables, recordatorios de por qué nunca se debe mezclar lo personal con lo profesional, enemigos y cadáveres.

Antes de que Gallego y Guerra introduzcan los planes de negocio con marihuana y los sueños de internacionalizarlo, los codirectores sumergen a los espectadores en el mundo wayú; el colorido baile Yonna es solo la punta del iceberg. Las tradiciones, junto a la implícita desconfianza hacia los alijunas [gente que no pertenece a la tribu] es lo que los mantiene vivos. Dios te libre de enojar a la madre de Zaida, Ursula (Carmiña Martínez), la mujer cabeza de la tribu y la guardiana de las llamas ancestrales. Y una vez que la riqueza, la codicia y la empresa libre aparecen, el respeto por “cómo hacemos las cosas”, decía Ursula, se olvida. Incluso sin dar explicaciones sobre el arte de hablar en los sueños o por qué algunos collares son sagrados, la película se esmera por sumergirte en su estilo de vida, la importancia de la familia, el significado de sus reuniones en comunidad y tradiciones y supersticiones de hace siglos. Esto para mostrarnos lo fácil que todo se puede esfumar con un negocio de droga y una tradición a la vez.

En el anterior filme del dúo, Abrazo de la serpiente (2015, Guerra dirigió, Gallego produjo), el impacto del colonialismo en la cultura indígena fue discutido en dos líneas del tiempo con exploradores europeos enturbiando las aguas amazónicas. En un periodo de 12 años hablan sobre los efectos desagradables del capitalismo en extremis. “Recuerden, ¡digan no al comunismo!”, gritan las personas que permiten que Rafayet y Moises jueguen a traficar drogas por primera vez. Pero cuando dicen que sí al “mercado libre”, los recompensan con riquezas de sus sueños más salvajes en un corto periodo de tiempo, e inestabilidad social a largo plazo. El hecho de que provenga de occidente –representado por turistas despreocupados y transportadores inexpresivos–, solo transmite el mensaje más rápido. Los gringos proporcionan la infraestructura destructiva y los colombianos son los que tienen que lidiar con las venganzas de sangre.

Todo lo anterior hace que Pájaros de verano suene como una presentación académica de PowerPoint, pero no lo es. Lo que Guerra y Gallego te dan es una película de gánsteres de la vieja escuela, en la que debes mantener a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más. Los negocios sin honor terminan con balas y las guerras de drogas destruyen décadas de prosperidad. Hay escenas tensas y enfrentamientos, asedios en los recintos de la selva y una balacera en una mansión de narcos en medio del desierto. Martínez interpreta a su primera madre de familia como si fuera Don Corleone en túnica floral; Reyes le da un giro a la típica mujer hermosa y la convierte en una cómplice que la misma Carmela Soprano admiraría; Acosta maneja el negocio de manera inteligente en un intento desesperado de mantener a Rafayet en el camino correcto. Incluso hay un personaje (el hermano menor de Zaida, Leonidas (Grieder Meza) que tiene que morir. La venganza triunfa, incluso sobre los márgenes de ganancia. Antihéroes o villanos, todos tienen sus razones.

Los directores te dan imágenes surreales, tomas panorámicas impresionantes de paisajes frondosos y áridos, la sensación de que estás observando una subcultura voyeurísticamente y una muestra de cómo modificar un género y salir victorioso sin destruirlo. Después de verla tres veces, todavía estoy asombrado por el alcance y los detalles de esta película. Después de otras tres, probablemente seguiré asombrado por la forma en que su versión única de una historia en la que “el crimen no paga”, realmente vale la pena. Pájaros de verano lo muestra todo como una tragedia devastadora.


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