Poesía sin fin

4.00

A sus 88 años, Jodorowsky plasma una historia transparente y atractiva. Foto cortesía de Trilce.

por ANDRÉ DIDYME-DÔME | 22 Oct de 2018

Adam Jodorowsky, Brontis Jodorowsky / Alejandro Jodorowsky


En un punto de Poesía sin fin, la nueva película de Alejandro Jodorowsky, el director afirma ser el último poeta en un mundo donde la poesía ha muerto. Aunque dicha afirmación puede sonar pretenciosa, lo cierto es que tiene toda la razón.

Desde su primera incursión en el cine con el cortometraje La Cravate, y con una filmografía conformada por cintas delirantes, perturbadoras e inigualables como Fando y Lis, El topo, La montaña sagrada y Santa Sangre, este director chileno ha evidenciado su desbordante creatividad, su particular sentido del humor y su habilidad para captar y plasmar el absurdo de la existencia humana en su trabajo (que también incluye unos espectaculares cómics junto al gran Moebius).

Poesía sin fin constituye la segunda parte de una saga autobiográfica iniciada con La danza de la realidad de 2013 (la primera película de Jodorowsky luego de 23 años). Aquí nos habla sobre su juventud de una forma totalmente atípica para los estándares del género biográfico e inclusive del cine actual. Con 88 años de edad, Jodorowsky dirige con la energía y la rebeldía de un adolescente contestatario y ambicioso, que quiere transformar el mundo o, en este caso), al séptimo arte. Y la verdad sea dicha: logra llevar a cabo su misión.

Jodorowsky se presenta en la cinta interpretando a su versión anciana e invitándonos a explorar su pasado desde la mirada del presente. Adan Jodorowsky, uno de los hijos del director, interpreta a su padre en su juventud, en un ejercicio psicoanalítico que nos recuerda a Mario Van Peebles actuando como su progenitor en la maravillosa cinta biográfica Baadasssss! de 2003. Sin embargo, el contexto edípico llega al paroxismo gracias a que Brontis Jodorowsky (el hijo mayor del director), quien interpreta a Jaime, el tiránico padre de Alejandro.

La incursión del director al mundo de la poesía y, en últimas, al arte, se cuenta con una completa libertad estética y con un negrísimo sentido del humor, que evidencia la herencia de Fellini, así como la influencia que ha ejercido sobre David Lynch. En Poesía sin fin hay un despliegue de imágenes tan hermosas como inolvidables, confeccionadas por el director de fotografía Christopher Doyle (Héroe, Deseando amar) y un desfile de personajes excéntricos y grotescos, situaciones surrealistas y símbolos fálicos, que van a dejar una mella profunda en la mente y en el corazón de los espectadores dispuestos a vivir de una experiencia cinematográfica sin igual.

Jodorowsky utiliza el poder de la imagen en movimiento para exponer sus obsesiones, intereses y visión particular sobre el mundo, particularmente sobre la influencia nociva y perversa de la familia sobre el individuo, los devastadores efectos de la iglesia y de las políticas de derecha sobre la creatividad y la sexualidad, y el comportamiento imbécil y autodestructivo de quienes recurren al alcohol para anestesiar su angustia existencial.

En una época de represión, falta de imaginación, materialismo desaforado y comportamientos inmaduros, Poesía sin fin se siente como un trabajo reaccionario, individualista y tremendamente creativo, que nos devuelve la idea del cine como un medio de expresión artística y no como una fábrica de productos en serie.


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