Río seco

4.00

En medio de la nada esto fluye

por RODRIGO TORRIJOS | 16 Jul de 2019

Pedro Hernández / María Cristina Restrepo, Santiago Londoño, Jefferson Quiñones

Capitán y Quiñones, con buena estrella. Cortesía DOCCO


Para algunos el cine es un asunto de principios, para el grueso de los espectadores es una cuestión de finales, vamos a los cines esperando recibir esa puñalada que nos escupa a la realidad con una cicatriz que podamos acariciar. No exigimos finales felices, conclusiones lapidarias o que el mundo sea salvado de alienígenas radioactivos, pueden ser finales chiquitos, susurrados, pero es una maravilla cuando también son inteligentes y contundentes. Ansiamos esa exhalación que un autor considerado, reserva para una audiencia cómplice. Río seco tiene un final de esos, por eso resplandece en ese peladero de butacas vacías en el cual se ha convertido el cine local.

A la mayoría de películas nacionales les duele encontrarse con el público, llegan agotadas a la meta, pocas contemplan el estreno en el país que las financió y las inspiró como un logro. El aplauso de la crítica extranjera, el “ombliguismo autoral” y el amparo de la burocracia cinematográfica dominante resultan ser estímulo suficiente. Así, los finales resultan difusos, algunos pretenden ser abiertos, otros no llegan a esa frase brillante que concluye una sucesión de párrafos inspirados o se enredan entre lo quisieron decir y lo que terminan significando. Río seco, el primer largometraje de Pedro Hernández, estuvo casi destinado a quedarse guardado. Tras una producción guerreada, y una posproducción larga, pasó tiempo para que pudiéramos verlo, hasta que el programador Juan Carvajal le abrió la puerta al FICCI 59, y la naciente distribuidora DOCCO decidiera incluirlo en su catálogo.

Dentro del panorama del cine local resultaba difícil de clasificar; es una producción modesta, a la que se le pueden asomar algunas costuras, tiene actuaciones irregulares, algunos pasajes pueden abundar en el dialogo, pero la berraca película tiene un ángel que siempre la salva, y uno termina agradeciendo haberla visto. Ese ángel puede ser la autenticidad que respiran sus actores, una fotografía inquieta que no se conforma con los recursos materiales y esculca a partir de la composición y la luz, en los matices de aislamiento y nostalgia de la historia, o bien puede ser Capitán, un bendito perro que se las arregla para rematar con ternura algunas escenas importantes.

Río Seco es la historia de Raul y Alirio, dos tipos que viven en un montallantas en medio de un desierto. Un día, Carmen, la hermana de Alirio, llega y altera el orden de lo cotidiano. Las situaciones que desencadena nos hablan del desarraigo, de un pasado que no nos suelta, pero también de la esperanza, de la reconciliación y representa la voluntad de ser mejores personas para un grupo de seres fallidos.

Aunque podría haberse quedado escondida, esta cinta asoma la cabeza para hablar desde lo popular con otro acento, no está inscrita en la hostigante tradición de la ridiculización de lo popular que satura los diciembres, ni en la victimización europeizada que consume miseria bien filmada. Habla en sus propios términos de la soledad y los caminos que se parten, lo hace con dignidad y gracia. Río seco sale oportunamente del cajón para hablar, sin referirse directamente, a un país que tiene problemas serios para encontrarse y fluir hacia otra historia.


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