Rogue One

3.50

La historia de una joven y su grupo de rebeldes, que roban los planos para la Estrella de la Muerte, captura perfectamente la magia de la trilogía original

por PETER TRAVERS | 14 Dec de 2016

Rogue One va al pasado para recordarnos cómo robaron los rebeldes los planos de la Estrella de la Muerte – Peter Travers dice por qué podría ser la mejor película de Star Wars hasta ahora. Jonathan Olley


Un tremendo viaje al pasado – Rogue One: Una historia de Star Wars es literalmente eso. Ocurre justo antes de los eventos de la primera película, que estrenó en 1977, la precuela tiene el mismo espíritu primitivo, emocional, repetitivo y extravagante que nos hizo enamorarnos de la trilogía original. Es el primer capítulo aislado de la franquicia, no un puente entre el pasado y la nueva de J.J. Abrams. Como película puede alternar entre lenta y acelerada, dispersa y un poco densa. Pero vaya que está viva y llena de la euforia y el descubrimiento que nos atrapó hace casi cuatro décadas. Rostros familiares, humanos y androides, aparecen. Pero nunca dudas que los nuevos personajes respiran el mismo aire que Luke, Leia, Han, Chewie y el peor de los malos, Darth Vader.

El director Gareth Edwards (Godzilla) arma una trama lo suficientemente compleja para enredarnos a todos, y aun así va directo al grano. Seguimos en un mundo ambientado “hace mucho, mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana”, pero eso es todo, porque el texto que abre las películas de Star Wars no sale en esta. (Tampoco la música incidental de John Williams, pero el nuevo compositor Michael Giacchino logra subir la tensión). Felicidades a Felicity Jones, nominada al Oscar por La teoría del todo, que se ensucia las manos como Jyn Erso. Rebelde nata, ha visto cómo el Imperio corrompió a su padre científico Galen (Mads Mikkelsen), forzándolo a construir el arma definitiva – sí, la Estrella de la Muerte – un momento esclarecedor para los fanáticos. La misión imposible de Jyn es robar los planes del destructor de planetas y superar al villano director de armas del Imperio, Orson Krennic, interpretado por el gran Ben Mendelsohn, que es divertido e intimidante como una especie de Christoph Waltz.

Por supuesto, Jyn necesita ayuda. Y la consigue de su mentor Saw Gerrera (Forest Whitaker) y el encantador insurgente Capitán Cassian Andor (Diego Luna). Sin embargo, quien se roba el show es Donnie Yen como Chirrut Imwe, un monje guerrero ciego, y Riz Ahmed como Bodhi Rook, un demente piloto imperial que se alía con los rebeldes. Mejor todavía es Alan Tudyk como la voz de K-2S0 (Kaytoo para sus maestros), un androide de seguridad parlanchín. El robot, con sus análisis no solicitados de cada estrategia de guerra es abrumador, y bueno, también hilarante. “Hay un 84% de posibilidades de que todos muramos”, anuncia con ligereza.

También está la acción, que Edwards maneja como un maestro jedi y un niño con nuevos juguetes. Con batallas de aeronaves y escenas similares a Apocalypse Now, Edwards hace que sientas cada obstáculo que enfrentan los rebeldes contra las vastas fuerzas del Imperio, dirigdas por Krennic y Vader. El uso de cámaras de mano deja que Edwards nos adentre en la batalla. Rogue One mejora con el tiempo, y los combates del ultimo tercio son poder puro con una cereza coronando el pastel.

Como siempre, las películas de Star Wars dependen de qué tanto nos importen los personajes. Afortunadamente, no hay Ewoks tiernos suavizando la travesía de Jyn hacia el corazón de las tinieblas imperiales. No es falso que algunas interacciones sufren por la exagerada exposición de los personajes. Pero Jones nos da una guerrera del nivel de las grandes y un elenco que sabe ser real incluso en una fantasía de ciencia ficción. Rogue One es una historia de Star Wars que vale la pena contar. Es difícil no conmoverse con el monje ciego cuando canta “Estoy con la Fuerza y la Fuerza está conmigo”. ¿Qué más quisieran?


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