Sleater-Kinney

4.00

Una de las bandas más importantes de EE.UU. lucha contra la apatía moderna en un emocionante LP

por WILL HERMES | 20 Aug de 2019


En su nuevo LP, Sleater-Kinney despliega todo su arsenal casi de inmediato con una canción homónima al álbum, que comienza con estampidas industriales para luego explotar en una furia rockera comparable con cualquier material de su catálogo; una descarga de guitarras que evocan a Nevermind, al compás de los aullidos catárticos de Corin Tucker. Aquí parafrasea el famoso verso “Las cosas se derrumban, el centro no resistirá”, de The Second Coming del poeta William Butler Yeats. Tucker puede estar describiendo algo psíquico, una relación o el cambio climático planetario: usted decide su causa casi perdida. The Center Won’t Hold es el primer álbum de estudio desde su regreso de 2015 con No Cities to Love, y su primer trabajo en la era MeToo, que Tucker invoca con potencia en la melancólica Broken. La productora Annie Clark, de St. Vincent, quien tenía 12 años cuando salió a la luz el debut de S-K, Call the Doctor, en 1996, forma un equipo de dos generaciones de heroínas rockeras. La inclinación de No Cities hacia el new wave setentero, y el meta-pop de Clark en Masseducation son una combinación perfecta, que se hace más evidente en el sencillo Hurry on Home. Salpicada con las sonoridades de St. Vincent, la canción es un psicodrama lleno de dinámicas de poder sexual. (El pasado romántico de la guitarrista Carrie Brownstein tanto con Clark como con Tucker le suma un trasfondo, al igual que el extraño y brillante video de Miranda July, hecho con su teléfono).

Si hay una línea continua en The Center Won’t Hold es la alienación de las redes sociales y todo lo que engendra. Sleater-Kinney siempre ha cobrado sentido en espacios físicos donde podemos experimentar la liberación sudorosa de la actitud rockera de vieja escuela. Aquí, la conexión física parece más esencial que nunca. “Acércate y tócame/estoy estancada en el borde… La oscuridad está ganando de nuevo”, canta Tucker en Reach Out, una mezcla de plegaria de grupo femenino con fantasía suicida playera, que además le hace un guiño a Personal Jesus de Depeche Mode. The Future Is Here le da voz a alguien que empieza y termina su día con una “pequeña pantalla”, y confiesa: “Nunca me he sentido tan perdida y sola”. En Can I Go On, todo el mundo está “conectado a máquinas, es obsceno”. Es un status quo que hace que la continuidad del grupo –en especial después de la partida de la baterista Janet Weiis luego del LP– sea algo notable. Y es que ellas no dan nada por sentado. “¿Te regocijas en la nostalgia?”, pregunta Tucker en Ruins, una marcha con aires de dub que conjura a la PJ Harvey clásica con la pesadilla de los EE.UU. de 2019. Pero la nostalgia utilizada de manera correcta es algo poderoso. Se destaca LOVE, la canción más conmovedora del set, un tema con tintes de Kraftwerk, que se lee como una carta interna de la banda y relata la rabia del punk en los pueblos pequeños, las giras en una van destartalada y el fuego purificador del arte. Finalmente, termina con un juramento de sangre entre sí y también hacia los fans: “No hay nada más alarmante y nada más obsceno que un cuerpo bien desgastado que exige ser visto”. Brownstein cierra con un “¡a la mierda!, que en su regocijo enrarecido resume todo aquello que hace grande a esta banda, ahora y siempre.


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