Todos eran mis hijos

4.00

Una obra de teatro revivida a la perfección, gracias a una gran dirección, un estupendo trabajo actoral y a una magnífica historia, escrita por uno de los grandes dramaturgos estadounidenses

por ANDRÉ DIDYME-DÔME | 02 Aug de 2019

Jeremy Herrin / Bill Pullman, Sally Field, Jenna Coleman, Colin Morgan, Oliver Johnston

Bill Pullman y Sally Field nos entregan unas interpretaciones poderosas y complejas en la obra de Arthur Miller, acerca de las mentiras que se ocultan detrás de las relaciones familiares.


El gran Arthur Miller escribió Todos eran mis hijos después del fracaso de su primera obra de teatro, The Man Who Had All the Luck. El escritor prometería que, si su segunda obra no llegaba a triunfar, abandonaría la dramaturgia y buscaría otra forma de ganar su sustento.

Menos mal que la obra se convirtió en todo un éxito ya que, si no hubiera sido así, el mundo se habría perdido de uno de los grandes autores estadounidenses.

El genio de Miller está más que presente en su obra de 1947, basada en una reseña de un periódico de New York (escrita por la suegra de Miller), sobre una mujer que denunció a su padre por haber vendido una serie de piezas de avión defectuosas al ejército norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial.

Todos eran mis hijos, la cual tuvo una destacada versión cinematográfica en 1948 protagonizada por las leyendas Edward G. Robinson y Burt Lancaster, ahora regresa a las tablas, gracias al director Jeremy Herrin y a los actores Bill Pullman, Sally Field, Jenna Coleman y Colin Morgan, quienes son fieles al espíritu y al trabajo de carpintería de Miller.

La obra es protagonizada por Joe Keller (Pullman), un empresario bonachón quien fue exonerado de ir a la cárcel en tiempos de guerra, por entregarle al ejército unos cabezales cilíndricos defectuosos, los cuales causaron que un buen número de aviones encontraran un destino fatídico. Sin embargo, su amigo y socio terminó siendo acusado y llevado a prisión.

Kate (Field), la esposa de Joe, está convencida de que Larry, su hijo mayor (quien fue reportado como desaparecido en combate), va a regresar a su hogar en cualquier momento. Chris (Morgan), el otro hijo de Joe y Kate, se ha enamorado perdidamente de Ann (Coleman), la novia de Larry, y quiere casarse con ella, pero teme por la reacción de su madre cuando ella se entere.

Mientras que el primer y el segundo acto se enfocan en la construcción de los personajes y sus relaciones (gracias al ingenio de Miller, el espectador sentirá una gran simpatía por cada uno de ellos, sin importar sus defectos), es el último acto, de un carácter devastador, el que le otorga todo su poder a la obra. Las mentiras que se esconden al interior de una familia para pretender que todo está bien, y cómo el interés personal se sobrepone sobre el de los demás, es lo que convierte a Todos eran mis hijos en una obra más que vigente.

Aquí, Miller logra equilibrar la dimensión psicológica de los personajes con los aspectos éticos de sus acciones, y nos muestra de una forma descarnada, la fragilidad de las relaciones humanas, especialmente con las personas más cercanas a nosotros.


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