Tormentero

1.50

La cuarta película del director mexicano Rubén Imaz trata de imitar el estilo de David Lynch, y resulta en un trabajo desconcertante y fragmentado

por ANDRÉ DIDYME-DÔME | 03 Jul de 2019

Rubén Imaz / José Carlos Ruíz, Gabino Rodríguez, Mónica Jiménez

Una película basada en hechos reales con una hermosa fotografía, pero que termina siendo una sobredosis indigesta de surrealismo.


El trabajo del gran David Lynch exhibe una peculiar combinación de perversidad y frivolidad, la cual puede describirse como un cine de angustia, basada en la noción de la identidad y la propiedad perdida. Es por esta razón que los espectadores de las obras de Lynch deben esperar ser sacudidos, sorprendidos por la tensión, la atmósfera y las sensaciones encontradas en su trabajo. La imposibilidad de clasificar el trabajo de Lynch y su visión creativa y particular, ha llevado que el adjetivo “lyncheano” se utilice para denominar a sus imitadores o a los elementos de su obra utilizados en diferentes películas y series de televisión.

Muy pocos directores han logrado acercarse a la poética de Lynch (E. Elias Mehridge con Begotten, Richard Kelly con Donnie Darko o Tom Ford con Nocturnal Animals son algunos ejemplos), pero nunca lo han podido igualar o superar. Tormentero, la cuarta película del director mexicano Rubén Imaz, es un trabajo ambicioso que busca hacer una denuncia social, y al mismo tiempo emular el cine de David Lynch. El resultado es una película fragmentada, desconcertante, soporífera e impenetrable, que no logra comunicar su denuncia y mucho menos generar ese surrealismo orgánico de pesadilla logrado por el director de Eraserhead.

Con una hermosa fotografía (cortesía de Gerardo Barroso), unos planos largos y contemplativos, y diseño sonoro a cargo de José Miguel Enríquez, muy similar a los de Angelo Badalamenti (colaborador constante de Lynch), Tormentero intenta contar la historia inspirada en hechos reales de Romero Kantún (José Carlos Ruíz), un pescador de camarones, viudo y alcohólico empedernido, que descubre un pozo petrolero. Al parecer, Don Rome negocia los derechos del pozo con unos políticos y empresarios, acabando con el modo de subsistencia de su pueblo.

Don Rome vive en un humilde rancho con su hija Yolanda (Mónica Jiménez), una mujer apegada a su radio transistor y con un hombre que responde a los nombres de Chacho y Ariel (Gabino Rodríguez), el cual parece ser el hijo de Don Rome y quien tiene la apariencia de ser todo un psicópata (tortura animales, se comporta de una manera extraña y presenta una mirada turbia y lasciva).

Al mejor estilo de Un perro andaluz, Don Rome se ve a sí mismo mientras duerme y, al mejor estilo del cine de Carlos Reygadas, se incluye una escena de desnudos frontales masculino y femenino y de sexo explícito, con el propósito de provocar (o escandalizar). Pero lo cierto es que Tormentero termina siendo el trabajo de alguien que vio demasiado cine de Lynch y que quiso transpolar su estilo a un relato que hubiera funcionado mucho mejor con un tratamiento realista y no surrealista.


Deja tu opinión sobre el artículo: